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10-18-2026 - YO SOY -HISTORIAS DEL CAYADO -Salmo 23; Juan 10

Writer: Lou Hernández
Lou Hernández
5 days ago
15 min read

Updated: 3 days ago

MENSAJE POR PASTOR ROB INRIG 

      DE BETHANY BAPTIST EN RICHMOND, BC.

Les invito a orar y a hacer vuestra esta oración. Oremos:


Padre Celestial, Dios Todopoderoso,


Nos presentamos ante Ti como comunidad, elevando nuestros corazones en unidad por nuestros hermanos y hermanas que atraviesan momentos de profunda necesidad. Tú eres el Dios que nos ve. Señor, Tú eres Jehová Rapha, el Señor que sana. Te pedimos que pongas Tu mano sanadora sobre todos los miembros de este grupo


(Vicky O, Nancy R, Tere G, Stevie A, Sócrates D, la madre de Sara H, Margarita G, Rosy Ch, Patricia L, Lina J, Manuel D, Silvia H, Magda-, Miguel H.L,  Manuel D.H, Alicia G, Margarita G, Brianda M, Alejandro M, Natalia M, María Elena C, Óscar N.D, Luis Carlos V, Laci N, Alicia R., Jesse R. Kristine Tantoco.)


Señor, las pruebas y el agotamiento pueden agobiar el espíritu. Por aquellos que atraviesan momentos de duda, sequía espiritual o cansancio, te pedimos un poderoso derramamiento de tu Espíritu Santo. Recuérdales tus promesas inquebrantables.

Señor, no nos has dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de sensatez. Elevamos en oración a aquellos que se sienten paralizados por la ansiedad, que temen el futuro o que se sienten abrumados por sus circunstancias.

Ponemos todas estas peticiones a tus pies, confiando plenamente en tu perfecto momento y en tu voluntad soberana. Trae plenitud a este grupo —cuerpo, mente y espíritu— para que podamos permanecer unidos y dar testimonio de tu bondad.

En el poderoso nombre de Jesucristo, te lo pedimos.

Amén.

++++

Sabed que el Señor es Dios.  Él es quien nos creó y somos suyos; somos su pueblo, las ovejas de su prado  (Sal 100, 3)....  Venid, postrémonos en adoración, arrodillémonos ante el Señor, nuestro Creador; porque Él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su pastizal, el rebaño bajo su cuidado (Sal 95, 6-7) 


Él se levantará y pastoreará a su rebaño con la fuerza del Señor, con la majestad del nombre del Señor, su Dios. Y vivirán seguros, pues entonces su grandeza llegará hasta los confines de la tierra y Él será su paz... El Señor es mi pastor; nada me faltará. Me hace descansar en verdes praderas; me conduce junto a aguas tranquilas.  Él restaura mi alma (Miqueas 5:4,5; Salmo 23:1-3)



YO SOY el Buen Pastor.  Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen —tal como el Padre me conoce y yo conozco al Padre— y doy mi vida por las ovejas...  Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor; Él las guiará a manantiales de agua viva.  Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos. Jn 10:14,15; Ap 7:17


YO SOY — HISTORIAS DEL CAYADO 


¿Acaso no es impresionante?  Una herramienta apta para los campos y las colinas, que realiza un trabajo que pocos elegirían.  La ves en las manos de un hombre, fuerte e independiente, guiando a criaturas débiles y dependientes.  Él, de rasgos marcados y curtido por el tiempo; ellas, lanudas y ajenas a todo.  Bonitas, pero bastante despistadas.  El telón de fondo lo forman las cimas de las colinas de Galilea por la noche y los prados frondosos durante el día.  Un cayado que simboliza el cuidado y la protección de un pastor.


Pero no te equivoques — el cayado tiene una historia mucho más rica que la de guiar ovejas.  Ha estado en las  manos de quienes han guiado naciones y derrocado reinos.  Hoy representamos la autoridad de una nación con coronas, armamento o dominio financiero, pero, en comparación con este cayado, esas son pobres representaciones de la autoridad.  Este cayado ha acompañado el nombramiento de pastores como reyes y de labradores como profetas. La mayoría de las veces pasa desapercibida, en campos o laderas — un instrumento de trabajo que pertenece a un hombre que realiza tareas humildes; tanto él como ellos, ignorados y menospreciados.  Pero Dios tiene una forma única de convertir lo ordinario en extraordinario.  Él transforma a los humildes y mal equipados en guerreros investidos del poder de Dios.


Apenas parece sensato que este bastón signifique algo para nosotros en un mundo acelerado e impulsado por la tecnología. Un mundo alfabético de IA, 5K y VE, [vehículos eléctricos]. Pero les aseguro que sí!! 


Así que esta mañana quiero reflexionar sobre el cayado de Dios en nuestras vidas en términos de: cómo Dios rescata, cómo Dios se relaciona, cómo Dios guía y cómo Dios reina, y cómo vamos a responder a ello.    


El salmista utilizó la imagen de un cayado para representar la fuerza y la promesa de la presencia de Dios, «Tu vara y tu cayado me confortan» (Sal 23, 4). Para David, el pastor, el cayado había estado ahí cuando acechaba el peligro. Se extendía cuando se necesitaba corrección, se sujetaba con firmeza cuando llegaban las dificultades y se alzaba en alto cuando los dispersos se perdían. En esos momentos, el valor del cayado era acercar a las ovejas al Señor. Acercar a las ovejas como nosotros a Él, dándonos Su luz en la oscuridad que experimentamos, cuidándonos cuando nos cuesta ver, proveyéndonos en tiempos de hambre. ¡El Pastor está con nosotros!  


En la mano del Maestro, ese CAYADO REPRESENTA EL RESCATE DE DIOS: 


Lo que principalmente diferencia a un cayado de un bastón es su característica curva. Para la mayoría de las tareas del pastor, basta con cualquier rama larga mientras va delante de las ovejas, revisando los pastos para garantizar un pastoreo seguro.  Inspeccionando los agujeros donde podrían acechar los depredadores —sobre todo, serpientes venenosas—.  Deshaciéndose de la vegetación nociva y, para las ovejas rebeldes, un rápido golpe disciplinario para recordarles que deben mantenerse alejadas del peligro.    A veces, esas cosas nos necesitaban reconducir hacia los caminos correctos. Pero para los caídos, para los que están casi fuera de alcance, para los heridos sin esperanza — la curva del bastón en el brazo extendido del pastor está diseñada para el RESCATE, no para el deber.  


Jesús habló mucho sobre el pastor y, de hecho, se le describe como el Buen Pastor, el Verdadero Pastor y el Gran Pastor (Jn 10, 2.11; Heb 13, 20). Al dirigirse a sus discípulos, les advirtió de los muchos falsos pastores que vendrían en su nombre. Estos adoptarían la apariencia de un pastor para convencer a los desprevenidos de que los llevarían a buenos lugares, con su seguridad garantizada. Pero si fijas la vista en lo que sostienen, verás que sus bastones carecen de gancho. Los palos que empuñan pueden aplastar algunas malas hierbas o cavar algunos hoyos. Pueden servir para impulsar a las ovejas, obligándolas a moverse, e incluso a veces hipnotizándolas, pero lo que no pueden hacer es rescatar. El rescate nunca podrá ser ofrecido por quienes llevan estos palos.  


Algunos se preguntarán, ¿qué tienen que ver un pastor y unas ovejas con el mundo en el que vivo?  Un mundo de retos y estrés; un mundo de dolor.  

Pero la Biblia nos dice, «Todos nosotros, como ovejas, nos hemos descarriado» (Is 53,6). Dios nos dice que incluso los más fuertes y los mejores de entre nosotros somos ovejas que necesitan ser rescatadas y que no podemos vivir sin un pastor. 


Este Pastor es el Elegido sobre quien Dios cargó la iniquidad de todos nosotros (Is 53, 6), lo que nos indica que Jesús es el único que puede hacernos aceptables ante Dios. Otros pastores intentarán convencernos de lo contrario - que todos los caminos y todos los pastores son similares. Pero no os dejéis engañar, solo hay un Pastor que tiene un cayado que rescata y solo uno, cuyo corazón está dispuesto a rescatar, un rescate que conlleva el precio del sufrimiento y la entrega de su vida. Jesucristo, el Buen Pastor que se convirtió en el Cordero sacrificial de Dios, entregó su vida por las ovejas, para que nosotros pudiéramos vivir. Él cargó sobre sí mismo nuestro pecado, nuestras faltas, para pagar lo que nosotros no podemos.  


Este cayado me dice que Dios quiere que sepamos algo más que el simple rescate.  En la mano del Maestro, EL CAYADO REPRESENTA LA RELACIÓN DE DIOS:


Este Pastor no se limita a salvarme, acariciarme la cabeza y luego despedirme como una pieza más sin nombre del rebaño, indistinguible de todas las demás ovejas blancas y lanudas.  Olvidada.  Desconocido.  Sin nombre.  No, el deseo del corazón de Dios es morar con nosotros— lo vemos en las primeras páginas del Génesis, se nos promete en las últimas páginas del Apocalipsis y se nos muestra en las páginas intermedias.  No es algo distante, sino que Dios nos dice que, en Cristo, llama a sus propias ovejas por su nombre y las saca fuera (Jn 10,3). Nos dice que fuimos diseñados por Él, creados por Él y amados por Él.     


ÍNTIMAMENTE. APASIONADAMENTE. DE MANERA ÚNICA.   Él nos salva para CONOCERNOS en una:


RELACIÓN DE INTIMIDAD Y CUIDADO mientras nos acerca a Él—


Lo que eso significa es que Dios, al estar con nosotros, conoce mis rasgos y características. Conoce los líos en los que me meto, ve la suciedad que me mancha y dónde mi vida está toda enredada. Sabiendo esto, me limpia y me ayuda a ser quien Él quiere que sea.

Al acercarme a Él, baja su cayado para inspeccionar las heridas del día, sanándome en mis lugares ocultos, en mis rincones ocultos.  En esos lugares donde parezco estar tan bien, pero donde, en realidad, se esconden las inseguridades y las dudas, que ocultan tanto daño, tanto dolor.  Él ve lo que hay debajo y aplica su aceite sanador para curarme. 


Es una relación que me provee, pues Él arranca la vegetación que está fuera de mi alcance. Su provisión de «pan» que siempre sacia. Nosotros perseguimos banquetes de carne, cebollas y ajo (Núm. 11:5) que, a pesar de las apariencias, nos dejan hambrientos. Él me alimenta con Su Palabra, que me da fuerzas para mantenerme en pie. 


Y Él me provee al aquietar las aguas para que sus ovejas puedan beber y refrescarse. En medio de aguas turbulentas que confunden y causan temor, Él me da un lugar de paz.  Él me acuesta, cuando las ansiedades amenazan con abrumarme.  Provee en lugares donde parece no haber provisión.  

 

UNA RELACIÓN QUE PROTEGE


Este Pastor nos protege mientras nos aparta con delicadeza de los pastos despojados en los que nos quedamos continuamente. Cuando nos levanta la cabeza para ayudarnos a ver dónde estamos y que es hora de seguir adelante y empezar a pastar en lugares nuevos.  Lugares donde se restaurará la vida.  Lugares que nos harán correr de nuevo, sin importar cuánto tiempo haya pasado desde la última vez que corrimos.


A veces nos da un empujoncito porque hemos pastado demasiado y nos hemos movido muy poco. Satisfechos con lo que hemos encontrado, nos hemos olvidado de ayudar a otros a encontrar lo que necesitan.  Con ello, Él nos recuerda a las ovejas que sigamos adonde Él nos guíe y, al hacerlo, otros lo verán y se unirán a nosotros.


A veces nos da un golpe cuando nos adentramos en lugares peligrosos. Su golpe nos recuerda que, a pesar de lo que pensemos, por nuestra cuenta no somos más que ovejas que caminan por lugares donde acechan las serpientes.    


En la mano del Maestro, EL CAYADO REPRESENTA LA GUÍA DE DIOS:   


Dondequiera que fuera el pastor, el cayado se elevaba por encima de todo. Era el punto de referencia, visible cuando el pastor quedaba oculto a la vista. El Pastor nos ha dicho que habrá momentos en los que su presencia no se verá. Cuando el camino es difícil; cuando la ruta confunde, pero la presencia del cayado del Pastor es el testimonio siempre presente de que Él nos guía incluso cuando está fuera de nuestra vista. Pero la parte del cayado que debe estar siempre ante nuestra vista es el cayado del Pastor, que nos salva y nos guía en su verdad. Ese cayado del Pastor, en lo que se nos permite ver, es su Palabra. Aunque Él pueda estar fuera de nuestra vista, su Palabra nunca lo está; es nuestro recordatorio de que su amor salvador nunca fallará, y que su verdad nunca nos decepcionará.  El cayado permanece como testimonio no solo de quién ha sido, ni de quién será algún día, sino de quién es en este preciso instante. 


 GUIÁNDONOS cuando no sabemos y no podemos ver. Dios nos guía para que conozcamos Su presencia.  Nos guía con el cayado en alto, llamándonos y asegurándonos de que el camino que tenemos por delante se puede recorrer incluso donde la roca es inestable y los puntos de apoyo no son del todo seguros.  No porque no haya  peligro, sino porque Él está presente allí donde el peligro intenta vencer.


Todas estas son representaciones fieles de lo que el bastón debe significar en nuestras vidas. A modo de recordatorio: la presencia del cayado clama: «SALVACIÓN». Él nos ha rescatado de la muerte para llevarnos a la vida. No olvidéis nunca que, sin Cristo, todos estábamos perdidos, sin esperanza. PERO escucha las palabras de rescate. Cuando te desvíes del camino, mira la curva que se nos reveló en la Cruz; cuando pienses que  Dios no te ama, mira la curva; cuando sufras y necesites que alguien se preocupe por ti, mira la curva. Es el lugar donde Él ha manifestado Su salvación y Su amor constante e inquebrantable. 


 No hay nada más importante que podamos escuchar esta mañana que el hecho de que Jesucristo muriera en la cruz para rescatarnos. Lo único que tenemos que hacer es aceptar Su rescate para nuestra vida — admitir que somos pecadores que necesitamos ser rescatados por Jesucristo, quien murió en la cruz por nosotros. Subirnos al hueco de Su salvación que Él nos ofrece para que podamos conocer la vida y conocerla en abundancia. 


El cayado no está para levantarnos y apartarnos, sino para acercarnos a Él, asegurándonos de nuestra RELACIÓN —para que podamos conocer el calor, el cuidado y la protección que nos brinda Su amor. Las Escrituras refuerzan este tema al hablar de Cristo, nuestro Gran Pastor. Y cuanto más nos adentramos en esta relación, más descubriremos la confianza que podemos depositar en un Pastor que GUÍA. Que Él nos guiará a través de situaciones que nuestro enemigo planea para nuestra destrucción. Donde el Pastor nos guía por caminos a menudo invisibles y a menudo malinterpretados. Pero Su guía es buena. 


Todas estas son ideas fundamentales al contemplar este cayado esta mañana. Pero primero hay que comprender que, antes de poder entender el poder del cayado, debemos haber experimentado el rescate que ofrece el cayado; y antes de poder entender el liderazgo del cayado, debemos comprender que el propósito del cayado es llamarnos a una relación.



Hace un tiempo conocí a alguien que tenía una visión de Dios como si fuera una máquina expendedora— acciones correctas por un lado, recompensas adecuadas por el otro. «Bendice a mi familia, ayuda a que mi negocio prospere, mantén los problemas lejos de mi puerta». Lo que él había acordado era una asociación con un Dios siervo al que incluiría en su vida siempre y cuando Dios respondiera a sus órdenes y peticiones.  Si cumplía con lo esperado, él prolongaría la asociación; pero, aunque el cayado nos recuerda la presencia reconfortante del Pastor, Él es mucho más que eso. Es el Amo, que nos llama a someternos a Su autoridad, y ahí es donde a menudo nos equivocamos.


En la mano del Señor, EL CAYADO REPRESENTA LA AUTORIDAD DE DIOS:


Hay varias formas de considerar la autoridad de Dios. Nos encanta su autoridad cuando interviene ante la angustia que nos rodea. Entonces, el cayado, que representa el poder protector de Dios, hace que los depredadores se lo piensen dos veces antes de atacar. Pero este poder no debe tomarse a la ligera, pensando que, si lo mantenemos cerca de nuestras vidas, de alguna manera tendrá un campo de fuerza que lo arreglará todo. Es algo que ignoramos en el día a día, pero a lo que recurrimos cuando las cosas se ponen mal. No nos atrevemos a dejar de lado descuidadamente el cayado de autoridad de Dios porque, como advierte la Escritura, hay depredadores que vigilan constantemente en busca del momento oportuno para atacar. 1 Pedro 5:8 nos dice: «Estad alerta y sed sobrios. Vuestro enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar».  


Esos son los momentos en los que se pone a prueba nuestra confianza en la verdad del Pastor. Cuando debemos decidir cómo responderemos a los susurros que nos llegan, «¿Acaso dijo Dios?». Nuestra confianza en Su verdad viene determinada en gran medida por hasta qué punto nos vemos a nosotros mismos como «ovejas». Hay que reconocer que no es una imagen que nos resulte fácil. Preferimos ser poderosos, sigilosos o astutamente inteligentes. ¿Pero ovejas? Las ovejas simplemente se pierden mientras pastan —se pierden por tontería, por miedo, por descuido—.  


Al querer tener el control de nuestra vida, nuestra tendencia es, en realidad, elegir perdernos a nosotros mismos. Y ahí radica el problema, porque el Pastor no nos impondrá Su autoridad a la fuerza. Si queremos tener el control de nuestras vidas, Él nos lo permitirá. Pero no os equivoquéis, esa elección llevará a algunos de nosotros a un terreno muy peligroso y muy parasitario.


Como cristianos, cuando nos convertimos a Cristo, pasamos a ser Suyos. Pero ser Suyos y entregarle plena autoridad son cosas diferentes. 


Cuando pensamos en someternos al señorío de Dios, a menudo imaginamos que Él nos va a enviar a Innuvik (Ciudad al norte de Canada) o que nos va a alejar de algo que amamos.  Pero cuando Dios nos pide autoridad, la acerca más a nuestra vida cotidiana, en las decisiones que tomamos, en el trabajo que realizamos, en las relaciones que mantenemos —¿perdonamos o nos aferramos a la ofensa?—, en si obedecemos a lo que Él nos llama a hacer o permitimos que la cultura determine cómo vivimos. ¿Le complaceremos o correremos tras lo que nos atrae?  


Hay pocas lecciones mejores sobre la autoridad de Dios que las que se reflejan en la vida de Moisés. Ya conocéis la historia— Israel estaba cautivo en Egipto, pero Moisés se libró de esa experiencia. Mientras su pueblo sufría, él prosperaba. Como hijo adoptivo del rey, vivía en la opulencia del palacio, PERO cuando llegó el momento de intervenir en favor de su pueblo, abandonó ese lugar de poder para refugiarse en el aislamiento del desierto, donde parecía que lo único que podía hacer era cuidar ovejas. Qué curioso intercambio — el poder de un cetro a cambio de la humildad de un cayado de pastor. ¡Pero qué lecciones tan increíbles iba a aprender!


El cayado de autoridad de Dios se manifiesta en el encargo que Dios le hizo a Moisés. En Éxodo, Dios le prometió a Moisés que liberaría a Israel y que «extendiera su mano y golpearía a los egipcios con todas las maravillas que yo haré» (3:19).  


Cuando Moisés cuestionó su papel en el encargo de Dios, este respondió preguntándole (Éxodo 4:2): « ». ¿Qué tienes en la mano? Una pregunta interesante. Una pregunta difícil.  Educado para gobernar una nación, ahora pastoreaba ovejas. Como hijo adoptivo del faraón, ya había sido descalificado, al cambiar el cetro por un cayado, y ahora se le pedía que incluso lo dejara a un lado.  ¿Acaso no había renunciado ya a tanto?  

  

¿Alguna vez te has sentido así? Cuando lo que Dios nos pide parece no tener sentido. Cuando su autoridad actúa de forma diferente a como debería actuar un Dios salvador. 


Pero la cuestión es esta: la autoridad de Dios implica llevarnos a lugares que a menudo no comprenderemos. En el caso de Moisés, él se veía a sí mismo como nada más que un pastor de ovejas. La visión de Dios era diferente — Moisés se estaba preparando para la misión que Dios estaba a punto de encomendarle.  


Así que cuando Dios le pidió a Moisés que hiciera algo contrario a la naturaleza de un pastor —«que arrojara su cayado»—, ¿le estaba desafiando a preguntarse quién tenía la autoridad en su vida? La verdad es que ser pastor es la identidad con la que había vivido durante mucho tiempo. Es lo que hace. Y lo que es más importante, se ha convertido en lo que él es. Así que la pregunta que se le planteaba era — ¿confiaría en todo lo que sabía o en Dios, que lo sabe todo? Puede que algunos de nosotros nos enfrentemos esta mañana a la misma lucha, ya que Él nos está llamando, «¿Qué es lo que tienes en las manos?». Déjalo. Suéltalo. Afloja el agarre. ¿Nuestra autoridad o la Suya?   

Cuando Moisés obedeció, vio en qué puede convertirse  un cayado  bajo el poder de Dios — un cayado suficiente para todo lo que tendrá que afrontar, un bastón que se traga a todas las serpientes que Satanás pueda traer. Para que quede claro, NO estoy sugiriendo que hubiera nada sobrenatural en el cayado, pero sí hay mucho de sobrenatural en cualquier cayado que Dios da poder a su pueblo para que lo lleve.  


Esto es solo el comienzo de lo que Dios revelará al ordenar repetidamente a Moisés que extienda

su vara. Cuando el Nilo se convierte en sangre, cuando las ranas invaden la tierra, cuando el polvo se convierte en mosquitos, cuando del cielo llueva granizo, cuando la tierra se llene de langostas… Moisés actúa en obediencia.  


Probablemente ninguna imagen ilustra de forma más dramática el hecho de extender la vara que la separación del Mar Rojo. Nada parecía más imposible que eso. Pero el poder y la autoridad del Señor eran innegables cuando Moisés respondió a la orden de Dios, «Alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar y divídelo, y los hijos de Israel pasarán por en medio del mar en tierra firme» (Éxodo 16:14). La mano extendida de Moisés era la mano extendida de Dios. Al obedecer lo que Dios ha dicho.  Moisés llegará a comprender que no se trata de una vara, ni de aquello a lo que nos aferramos como nuestra identidad, sino de Él y de lo que Él quiere hacer en nuestra vida y a través de ella.  Como Él nos recuerda, «He aquí que yo soy el Señor, el Dios de toda carne; ¿hay algo demasiado difícil para mí?» (Jer 32:27).


Y cuando Moisés guiaba al pueblo, lo hacía con  el cayado en alto. Cuando el cayado de Moisés se alzaba en alto, se viera a Moisés o no, su líder estaba presente. Eso transmitía claramente que su Dios estaba presente.  


Esta mañana, ¿qué representa el cayado de Dios en nuestras vidas?  Por encima de todo, asegurémonos de que represente el rescate   — nuestras vidas vividas en la salvación del amor de Cristo y el poder de la Cruz.  Nuestras vidas poseídas por el Espíritu Santo de Dios para consolar, aconsejar, transformar y dar fuerza.   Pero en esa salvación, ten presente que somos salvados para una relación. Como alguien profundamente amado. No de una forma cósmica, al estilo de «Él amó al mundo», sino con un amor que pronuncia tu nombre —de forma íntima, apasionada—. Incluso cuando llegas cojeando al final del día, sintiéndote hecho polvo y con las cicatrices a la vista. Incluso cuando las heridas parecen insoportables y tu valor parece insignificante.  No pierdas nunca de vista que nuestro Dios es un Dios de relación íntima 


Que nos guía en esos momentos en los que no podemos ver. Cuando no estamos seguros de hacia dónde ir o tememos perder el equilibrio. Cuando nuestras preguntas parecen superar en número a Sus respuestas. Nunca pierdas de vista que nuestro Dios es un Dios que nos guía.


Nuestro Dios —un Dios de autoridad en quien podemos confiar y a quien podemos seguir—. Porque nos ha mostrado un cayado que nos dice que nuestro Pastor nos ama lo suficiente como para dar su vida por las ovejas. El autor del himno lo expresó muy bien, «Confía y obedece, pues no hay otro camino para ser feliz en Jesús que confiar y obedecer». Cuando se nos llama a cruzar lo intransitable y a lograr lo imposible, nunca  perdamos de vista que nuestro Dios es un Dios de toda autoridad que siempre hará lo mejor.


Nuestra decisión es simplemente esta:


Si queremos conocer Su guía; si queremos experimentar la intimidad de ser conocidos y amados por Dios; si queremos conocer el poder de Su autoridad en nuestra vida, sigamos la guía de Su cayado, porque el cayado del rescate de Dios en la cruz de Cristo nos dice todo lo que necesitamos saber. 



 
 
 

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